viernes, 19 de noviembre de 2010

México: otro aniversario impertinente

CARLOS ARRIOLA es analista político y presidente de la Asociación Civil Reflexiones sobre el Cambio en México

El 20 de noviembre se cumplirá un siglo del inicio de la Revolución mexicana, declarada muerta y sepultada en varias ocasiones. Las actas de defunción, redactadas con estilos políticos diversos, no coinciden en las causas del deceso, como tampoco las autopsias practicadas por intelectuales y académicos. A pesar de los certificados extendidos, la Revolución continúa siendo objeto de discusiones y divisiones: en la capital del país habrá dos conmemoraciones, una organizada por las “derechas” encabezada por el presidente Calderón, y otra por las “izquierdas” presidida por el Jefe de gobierno del Distrito Federal. Las comillas se imponen en ambos casos, ya que los contornos de las dos corrientes se encuentran difuminados por una deliberada intención.

“Pensar la Revolución” (F. Furet) implica distinguir el acontecimiento histórico de su significado cultural. El primero es delimitado por un inicio (1910) y un final: la promulgación de la Constitución de 1917. En cambio, el significado político y cultural no tiene un término; es una indefinida promesa de igualdad que la idea de democracia trae aparejada y, como toda promesa utópica, sólo puede tener logros parciales, ya que los avances de un periodo pueden convertirse en retrocesos en el siguiente, pues todos están sometidos a las cambiantes relaciones de fuerza entre los actores sociales y a los intereses económicos en juego.

El significado cultural de la Revolución transformó las ideas y las formas de hacer política en México. A lo largo del siglo XIX, fue un conflicto entre elites conservadoras y liberales, con una participación restringida. Para modernizar el viejo orden colonial, apenas tocado por las reformas borbónicas, no había más alternativa que el pensamiento liberal. La originalidad del movimiento de 1910 fue el haber incorporado, a las ideas liberales en política, una dimensión social. Gracias a ello pudo continuar la modernización del país, pero a un ritmo más acompasado a la realidad nacional. Además, la nueva clase política, por sus orígenes sociales y para consolidar su poder, incorporó a las masas en el partido hegemónico, que no único, y las hizo participar en forma controlada, sin necesidad de recurrir a grandes represiones en épocas de crisis, como en otros países de la región.

La Revolución legitimó a los gobiernos del PRI al menos hasta 1980, pero también a la oposición: las izquierdas reclamaban el cumplimiento de las promesas revolucionarias y las derechas justificaban su existencia argumentando “el fracaso” de la reforma agraria y de la expropiación petrolera, y tachando de “socializantes”, cuando no de “comunistoides”, el laicismo de la educación pública, el no reconocimiento de las iglesias y la legislación del trabajo. En uno u otro sentido, la Revolución fue un punto común de referencia, y dio origen a las identidades políticas de los partidos.

El último gobierno priísta del siglo XX, presidido por un tecnócrata, y los dos gobiernos panistas que le sucedieron, pusieron sordina a las conmemoraciones revolucionarias, pero el centenario hizo inevitable su impertinente reaparición. Para el partido en el poder es un recordatorio de sus orígenes clericales y autocráticos. Las raíces del PAN se encuentran en la reacción de esos grupos a las políticas del presidente Lázaro Cárdenas.

Para el ala derecha del PRI es un reproche al olvido, cuando no la traición a las metas de la Revolución. Para su ala izquierda una recriminación al excesivo sometimiento a la disciplina de partido. Cuando algunos miembros de esta corriente decidieron romper con el PRI, en 1987, era un poco tarde para acercarse al Partido Comunista y otros movimientos de izquierda, ya que la caída del socialismo, ocurrida poco después, deslegitimó muchas tesis y políticas.

No en balde este heterogéneo movimiento fundó, en 1989, el Partido de la Revolución “Democrática” (PRD) que enfrenta este año una delicada división. Su ala derecha ha realizado absurdas alianzas electorales con la derecha (el PAN) que sólo han beneficiado a ex priístas. Su ala izquierda, dirigida por el popular ex candidato presidencial en el 2006, Andrés Manuel López Obrador, se ha opuesto tajantemente a las alianzas y defiende un abierto programa de justicia social, contrario “a la oligarquía que representan PAN y PRI”.

El 20 de noviembre también es una fecha impertinente para las elites de la sociedad. Se quiera o no, viene a recordar situaciones similares a las de 1910: la desnacionalización de la economía, la concentración del ingreso y la creciente pobreza, así como la debilidad del Estado. Naturalmente, las diferencias son mayormente significativas, pero ninguna de ellas puede ocultar las carencias sociales.

La Revolución mexicana proporcionó identidad, rumbo y sentido a la trayectoria del país en el siglo XX. Cuando se dejó de hablar de ella, en aras de la modernidad, la globalización y la superioridad del mercado, el país comenzó a dar bandazos. Tan no hay rumbo que funcionarios públicos, empresarios y políticos de los tres principales partidos han solicitado asesoría acerca de la exitosa experiencia brasileña al ex ministro de Luis Inacio da Silva, Roberto Mangabeira. Este, en sus primeras declaraciones, dijo que México carece de “una agenda nacional propia” y que el país debía dejar de pensarse como “socio menor de los Estados Unidos, pues ello equivale a la destrucción del futuro nacional”. (El Universal del 13 de noviembre de 2010).

Con otras palabras, que responden a los tiempos que corren, un extranjero nos recuerda la necesidad de una incorporación “bien temperada” a la globalización, pero, más aún, nos exhorta a recuperar identidad y destino. No otro fue el legado cultural de la Revolución.

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