lunes, 28 de febrero de 2011

Gabino Cué no es Mandela...

La violencia vuelve a Oaxaca. Foto: José Luis Jerónimo/ AP
Ni Oaxaca es la Sudáfrica del apartheid. Sin embargo, la necesidad de reconciliación es urgente. De hecho, el gobernador de Oaxaca llegó al poder como resultado de esa necesidad, casi tanto como por las alianzas conseguidas, tan bizarras que incluyeron a Felipe Calderón y a López Obrador, a Elba Esther Gordillo y a los maestros de la disidente sección 22 del sindicato magisterial, a la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) y al ex operador de Ulises Ruiz Ortiz, Jorge Franco Vargas.

El enfrentamiento entre maestros y policías sucedido durante la visita del presidente Calderón a Oaxaca es el resultado, entre otras cosas, de la enorme tensión acumulada en el estado desde hace cinco años, cuando fueron asesinados una centena de opositores y cerca de un millar estuvieron presos, días en que los habitantes de la capital oaxaqueña vieron colapsadas sus hermosas calles y miles de niños perdieron valiosas horas de estudio debido a las huelgas magisteriales. La llegada de Gabino Cué a la gubernatura representaba la esperanza de terminar con esta tensión acumulada, pero no de forma automática, sino mediante un esfuerzo notable por parte del mandatario para conseguirla. Para que haya paz en Oaxaca hace falta que exista justicia. Entre los furiosos manifestantes, vi en la televisión a familiares de profesores asesinados en 2006, así como a algunos de los jóvenes que fueron detenidos y enviados injustamente al penal federal de Nayarit en aquel año. No es difícil imaginar que entre los policías enviados a cuidar al Presidente durante su gira también había efectivos molestos y resentidos por los choques que tuvieron con los maestros y miembros de la APPO en 2006.

La fuerza fracasará en Oaxaca, pese a que haya muchos que alientan al nuevo gobernador a emplearla para gobernar. Son tantos los agravios que sería temerario que Gabino Cué optara por ese camino. Ninguno de los asesinatos ocurridos durante la rebelión de 2006 ha sido esclarecido ni se ha detenido la sangría de la región triqui; no sabemos dónde están los militantes del Ejército Popular Revolucionario (EPR) desaparecidos en 2007 ni tampoco hay transparencia en cuanto al manejo de los recursos públicos durante la administración de Ulises Ruiz Ortiz.

Aunque apenas lleva tres meses en el cargo, el gobernador de Oaxaca no ha mandado señales contundentes de que todo esto se esclarecerá y habrá justicia, como lo prometió en campaña, cuando mencionó incluso la posible creación de una Comisión de la Verdad o de una Fiscalía especial.

A eso añadamos la falta de operación política del equipo del gobernante. Parece increíble que los cercanos a Cué no previeran que una visita del presidente Calderón provocaría protestas. Nunca hubo emisario de la administración coordinándose con los manifestantes, tal y como se hace en la Ciudad de México y en París. La marcha inició y los participantes, a su llegada al Zócalo, se toparon por sorpresa con centenares de policías federales no precisamente dándoles la bienvenida. Cualquier mecha podía detonar una explosión. Y así sucedió.

De la misma forma en que se operan magistralmente las alianzas para ganar elecciones, se deben operar magistralmente y a diario alianzas para gobernar, sobre todo en un estado como Oaxaca, tan adolorido y encabronado que ya no sabe de qué otra forma pedir justicia.

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